Prunus dulcis: relato de un viaje


—Os voy a contar lo que me ocurrió en un viaje. Pero si me interrumpís no. —advirtió Xandrux.
—Prometemos no interrumpir.
—Voy a intentar comprimir el relato en dos o tres minutos. Bueno, vayámonos al 27 de marzo de 1964.
Yo, por aquel entonces, vivía en Senegal y cursaba el último año de la universidad. Pasaba la mitad de
mi tiempo con el hocico metido en los estudios y la otra mitad en la escritura de lo que sería mi primer
libro: A oscuras con los tiempos modernos. Aproveché unos días de festivos para coger unas 
vacaciones. Con mi pequeño Land Rover, me fui a unas playas muy bonitas que hay a unos 
doscientos kilómetros de la capital. Allí acampé.  Al lado de estas playas, había una pequeña isla de 
conchas, erosionada por la fuerza del mar. Después de haber leído, escrito, tomado el sol y haberme 
bañado en el mar varios días; hubo una noche de plenilunio, la última que pasé ahí, en la que la 
pequeña isla de conchas se vio inundada por una explosión de júbilo y música, por motivo de una 
gran fiesta. Al cabo de unas horas, poco a poco, las gentes se empezaron a retirar y a refugiarse en 
sus casas. Yo me quedé completamente sólo. Me dediqué a pasear, ya muy abrumado por la 
soledad que le restaba a la isla, donde únicamente había perros que venían detrás de mí porque 
olfateaban algo extraño, como hombre de lejanas tierras que era. Acosado por los ladridos y aullidos, 
me acerqué a la orilla que, no se sabe cómo, se convirtió, al poco rato, en una enorme alfombra persa. 
—No me lo creo —interrumpió Roxana—. Lo siento Xandrux, pero no me lo creo.
—Tranquila que ya no vas a escuchar ni tú ni los demás nada más —aseveró Xandrux, molesto.
—A mí me estaba gustando. Venga continúa, por favor. No te interrumpimos más —dijo Marta.
—Está bien, pero juro que si me interrumpís una sola vez más, no sigo. A ver por dónde iba: ¡Ah! Sí, 
ya me acuerdo: la alfombra persa. Bueno, pues fue en ese momento en el que me di cuenta que algo 
excepcional chocaba contra nuestras vidas. Salí corriendo, espantado; atravesé el final de la cala y 
encontré a una mujer con un velo negro fumando un cigarrillo. Tenía los ojos febriles y un rostro 
castaño. Era difícil en ese momento, y lo sigue siendo ahora, afirmar que aquella mujer tenía un 
aspecto similar a un animal. Al estar cubierta su piel completamente de pelo espeso, con orejas 
grandes y blancas y un cuello color crema, la confundí con un turón. Al verme, se acercó y me dijo 
que abriese la palma de la mano derecha. En ella, depositó la ceniza de su cigarrillo. «Ahora ciérrala». 
Le obedecí. «Ahora ábrela». Donde antes había ceniza caliente, había ahora una flor. Esta misma 
—concluye mientras saca de su bolsillo una flor de almendro.
—¡Una flor de almendro! —se emociona Marta.
—También conocido como Prunus dulcis.
—Qué pedante eres. Sigo sin creérmelo, por cierto.
—Lo sé Roxana. Cuenten lo que te cuenten tú nunca creerás del todo. Qué lástima.
—Oye y, ¿qué pasó después? —preguntó Klyen.
—No sé. Os dije que si me interrumpíais otra vez no seguiría. Las historias no deberían ser 
interrumpidas. 
—Pues acaba —ordenó Marta.
—Está bien, ¿cuánto falta para aterrizar? —preguntó Xandrux, resignado.
—Cincuenta y cinco años, tres meses y veinticuatro días —dijo Marta.



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